La ladrona de libros (Spanish Edition)

By Markus Zusak

Érase una vez un mundo donde las noches eran largas y los angeles Muerte contaba su propia historia. Érase una vez una ladrona que robaba libros y regalaba palabras.
 
En el pueblo vivía una niña que quería leer, un hombre que tocaba el acordeón y un joven judío que escribía cuentos hermosos para escapar del horror de los angeles guerra. Al cabo de un tiempo, los angeles niña se convirtió en una ladrona que robaba libros y regalaba palabras. Y con esas palabras se escribió una historia hermosa y merciless.  
 
Una novela tremendamente humana, emocionante e inolvidable, que describe las peripecias de una niña alemana de nueve años desde que es dada en adopción por su madre hasta el ultimate de los angeles II Guerra Mundial. Su nueva familia, gente sencilla y nada afecta al nazismo, le enseña a leer y, a través de los libros, a distraerse durante los bombardeos y combatir los angeles tristeza. Pero es el libro que ella misma está escribiendo el que finalmente le salvará l. a. vida.

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Ven, escondámonos detrás de ese arbusto —propuso. Al cabo de unos quince minutos, el diabólico plan dio su fruto, por así decirlo. Rudy señaló por el agujero del seto. —Ahí está. Otto apareció a los angeles vuelta de los angeles esquina, manso como un corderito. En menos que canta un gallo, perdió el keep an eye on de los angeles bicicleta al resbalar sobre el hielo y se cayó de morros en l. a. calzada. Rudy miró preocupado a Liesel cuando vio que Otto no se movía. —¡Por los clavos de Cristo —exclamó Rudy—, creo que lo hemos matado! Salió sigiloso de detrás del arbusto, cogió los angeles cesta y huyeron corriendo. —¿Respiraba? —preguntó Liesel, al ultimate de l. a. calle. —Keine Ahnung —contestó Rudy, aferrado a los angeles cesta. No tenía ni concept. Vieron a Otto levantarse a lo lejos, rascarse l. a. cabeza, después los angeles entrepierna y buscar los angeles cesta por todas partes. —Scheisskopf imbécil. Rudy sonrió y repasaron el botín: pan, huevos rotos y el no va más, Speck. Rudy se llevó el beicon a l. a. nariz y lo olió con fruición. —Qué rico. Por tentador que fuera quedarse con el botín para ellos solos, fue greater el sentido de los angeles lealtad que le debían a Arthur Berg. Se acercaron hasta los pisos ruinosos de Kempf Strasse, donde vivía, y le enseñaron lo que habían conseguido. Arthur no pudo disimular su aprobación. —¿A quién se lo habéis robado? —A Otto Sturm —contestó Rudy. —Bien, pues le estoy agradecido, sea quien sea ese Otto —celebró Arthur. Entró en casa y volvió con un cuchillo para el pan, una sartén y una chaqueta, y los tres ladrones cruzaron el pasillo de apartamentos—. Iremos a buscar a los otros —anunció Arthur Berg cuando salieron—. Puede que seamos delincuentes, pero aún conservamos nuestro honor. Igual que l. a. ladrona de libros, él fijaba ciertos límites. Llamaron a unas cuantas puertas. Desde los angeles calle, gritaron varios nombres a las ventanas de los pisos y al cabo de poco el grueso de los angeles pandilla de ladrones de fruta de Arthur Berg se dirigía al Amper. Encendieron un fuego en el claro de los angeles orilla, donde rescataron y frieron lo que quedaba de los huevos. Cortaron el pan y el Speck. Dieron cuenta de l. a. última migaja de las viandas de Otto Sturm ayudándose de manos y cuchillos, sin curas a l. a. vista. Las discusiones no surgieron hasta el ultimate, y fueron por los angeles cesta. Casi todos votaron por quemarla. Fritz Hammer y Andy Schmeikl querían quedársela, pero Arthur Berg, demostrando su incongruente sentido de los angeles ethical, tenía una inspiration mejor. —Vosotros dos —llamó a Rudy y a Liesel—, quizá se l. a. tendríais que devolver al tipo ese, Sturm. Creo que es lo menos que se merece el pobre desgraciado. —Venga ya, Arthur. —No quiero oír ni una palabra, Andy. —Por Dios. —Él tampoco quiere oír ni una palabra. El grupo se rió y Rudy Steiner cogió l. a. cesta. —Vale, me los angeles llevo y se l. a. dejo colgada en el buzón. Se había alejado unos veinte metros cuando los angeles niña lo alcanzó. Se arriesgaba a llegar demasiado tarde a casa, pero sabía muy bien que debía acompañar a Rudy Steiner hasta los angeles granja de los Sturm, en l. a. otra orilla. Caminaron un buen rato en silencio. —¿No te sientes mal? —preguntó Liesel al ultimate.

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